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Amabilidad, esa asignatura pendiente ¿progresa adecuadamente?

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 “Mi familia, entre la que crecí, no es una familia, sino un desastre genético. La mayoría de las personas vive con la sensación de que todo está bien en casa, pero me avergoncé de mi familia desde la primera infancia. Esta comprensión se produjo debido al contacto cercano con las familias vecinas, llenando el repugnante prado de conejos en el que vivíamos. Escocia. Edimburgo. Bloque de edificios de cinco pisos de los años 60, ataúdes de hormigón con largas escaleras, y alrededor no hay cafetería, ni iglesia, ni oficina de correos, solo las mismas celdas. La normalidad elemental es lo que nos faltaba.»  (Irvine Welsh),

Retrato del  ambiente en el que vivió I.W. y que le marcó, qué duda cabe. Lo leemos y nos acongoja sin saber siquiera por qué. Y es que hay carencia de todo: no hay cercanía, ni siquiera espacio para la convivencia, ni para la más elemental amabilidad. La  normalidad elemental es lo que faltaba. Curioso que nos quejemos a veces de normalidad, seguramente porque lo confundimos con aburrimiento.

La normalidad es el cañamazo en el que asentar  lo que queremos  producir. A salto de mata, de emoción en emoción, de susto en susto, de sorpresa en sorpresa, la personalidad enloquece, no se asienta.

La sociedad necesita asentamiento en personalidades maduras crecidas en valores para aprender a convivir en un ambiente amable. De acuerdo, “no se lleva”, pero es cuestión de ponerlo de moda, revalorizarlo.

Amabilidad, esa asignatura pendiente ¿progresa adecuadamente?

No importan tanto las estructuras como las personas.

Empezar por lo inmediato, la propia familia. Seguramente podemos sembrar amabilidad que es consecuencia próxima del amor. 

La gran mayoría de los niños nacen rodeados de amor, de los padres, de los abuelos, de los hermanos y crecen en medio de  esa confianza que genera el sentirse amados y aprenden algo muy necesario: la seguridad de ser importantes para alguien.

Hacer de la familia un reducto de delicadeza es trabajo, repito: trabajo. Podría decir tarea pero me parece flojo.  Es trabajo, hay que poner empeño y esfuerzo y no buscar resultados ni premios. No existen medallas para un trabajo oculto y colectivo. El premio es amor y más amor y paz. 

La amabilidad se concreta en delicadezas. Cosas pequeñas que hacen la vida más agradable, o más fácil, o más soportable a quién se ama.

El:”yo quiero hacer de mi casa un hogar amable, y puedo hacerlo” es el arranque para pensar y dar ejemplo. Después viene lo de enseñar con cariño y paciencia.

Platón decía: “Sé amable, cada persona está librando una batalla de la cual, no eres consciente”.

Cada persona, y por tanto cada miembro de una familia, tiene sus propias batallas y a veces lo está pasando muy mal. Puede ir desde un desastre financiero a una cara llena de granos en la adolescencia. No podemos decir un cómodo “eso no es nada” a nadie. Ese “nada” para ese alguien es un monte inexpugnable.                                       

No quitemos importancia al dolor ajeno. Amor es acoger cariñosamente, amablemente al que sufre. También a quien no lo muestra externamente.

El amor adivina y sin preguntar espera la confidencia. Y si no llega, sigue esperando. Pero está cerca, acompañando siempre. Es  lo propio de la amabilidad.

Este mundo nuestro tiene mucho de yo y poco de tu. El vecindario se está convirtiendo en una mole de desconocidos y como tampoco está de moda ser educados, no hay lugar ni para un “buenos días”. (Mejor me centro en el móvil). 

“Sé amable con todos, sociable con muchos, íntimo con pocos, amigo de uno y enemigo de nadie” (Benjamín Franklin)

Volver a mirarnos a los ojos y regalar una sonrisa, intentar frenar las prisas, regodearnos con los buenos ratos. Quizá son minúsculos y rápidos pero existen y son los que luego se meten adentro, muy adentro y forman ese remanso de paz interior que nada ni nadie puede destruir pase lo que pase. 

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San José

Salve, custodio del Redentor y esposo de la Virgen María.A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su confianza, contigo Cristo se forjó como hombre.
Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal. Amén.
Salve, custodio del Redentor y esposo de la Virgen María.A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su confianza, contigo Cristo se forjó como hombre. Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la vida.Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal.
Amén.
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